Biografía
Alejandro Arzayus García (Bogotá, 1986) creció en Asturias y vive en Pamplona, donde trabaja como docente de francés y de turismo. Ha publicado los poemarios La catarsis de un bufón sin nombre (Seleer, 2013), Poemas para Marta y el súbito despertar del tiempo (Mystica, 2016), El arte de sobrevivir a los inviernos (2026) y Genealogía de la herida (2026), además de participar en antologías como Primavera eterna (Minimal, 2015), Oviedo, libro abierto (Trea, 2017) y Miradas de artistas (Planetario de Pamplona, 2018). En formato breve, su trabajo se despliega en plaquettes y fanzines como Ellas, Desnudándonos del polvo, Voces, Las tonalidades de la lluvia y Ventanas del tiempo, donde explora la experiencia íntima, la memoria familiar y la fragilidad afectiva. Desde 2025 coordina el fanzine de poesía Léolo, dedicado a la edición y difusión de voces poéticas de su entorno.
Poema 1EFIGENIA
Mi abuela naufraga en su memoria,
tejiendo sombras al compás de unos ojos
que se cansaron de velar su tiempo
y prefieren esconderse en los recovecos
del pasado.
Sus ojillos cansados vislumbran
los años del maracuyá dulce y la papaya
derretida entre sus manos,
antes de saborear la pulpa de sus treinta años
y el olor de la leña
tosiendo llanto y humo a partes iguales.
Los nombres son figuras ancladas
en un tiempo remoto, de úteros azules
y madrugadas tibias compartidas por ese carrusel
de hijos y nietos que se esconden en cajones de madera
con aroma a antaño.
Desde la silla, próxima a la ventana,
otea un mundo que ya no le pertenece,
y las buganvillas le recuerdan que el tiempo
no tiene memoria, y el sueño supura un manantial
de caricias heredadas sin futuro.
Mientras duerme, el tiempo la persigue,
pero ella escapa, siempre sin rumbo,
y su única preocupación es moler la soledad
de quien se ha fundido por completo
en sus recuerdos.
Su gesto mayestático y último consiste
en escupir, hastiada,
renegando de lo áspero y agrio de este mundo.
Poema 2VAMOS A ESTAR SOLOS…JUNTOS
Cuando crezcas, te preguntarás cómo era tu padre.
Y cuando me leas, quizá te avergonzarás un poco
o sonreirás con dulzura.
Tu padre escribía versos
mientras soñaba poemas suyos para ti,
recordando las tardes estivales en el río,
tu madre con la gorra rosa bajada del todo
y su vestido de flores,
sentada en una silla, esperándote.
Te esperábamos como se espera
una fiesta, con una alegría
que siempre había sido ajena
o vista desde el retrovisor,
es decir, desde el pasado,
ese que nos configura
y siempre se nos está escapando.
Cuando crezcas, sabrás que tu padre
leía a Jonathan Franzen
mientras pedías la teta
y acumulabas días y sofocos.
A la abuela MJ se le caían los dientes
y su sonrisa, aún mellada,
se hacía cada día más bondadosa.
Tu presencia dulcificaba su mirada,
transformando cada momento contigo
en un regalo que le devolvía
la juventud perdida.
Aunque nuestro presente era de inequívoca alegría,
tu bienestar traía contratiempos:
las grietas en los pezones de tu madre
sanando con lentitud,
las noches desveladas,
los abrazos que, desde tu llegada,
fueron solo tuyos.
Y la tristeza sutil de sentir
el cambio inevitable,
la vida revelándose
en toda su irreparable belleza.
Cuando crezcas, sabrás un par de cosas sobre tu padre:
que dormía contigo
sobre su pecho en tus primeras noches,
que no le tembló la mano
al cortar el cordón que te unía
a la tranquilidad y al misterio del universo.
Que fue el primero en oír,
de los labios de tu madre,
mientras asomaba una frente amplia y limpia,
un dulce: hola, mi amor.
Por qué me considero poetaEs la única forma que concibo de habitar el mundo.