José Siles (Cartagena, España) es escritor y catedrático de universidad en Universidad de Alicnte. Ha publicado varios libros de relatos y de novela entre los que destacan: Resaca Estigia (1987) Osario, Cartagena; La última noche de Erik Bicarbonato. Premio de novela Iruña Bake, Bilbao; (1992) Aguaclara, Alicante; El hermeneuta insepulto. Premio de narrativa Ciudad de Villajoyosa (1993); La delirante travesía del soldador borracho y otros relatos (1995) Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, Alicante; El latigazo (1997), Huerga & Fierro, Madrid (finalista premio de novela Ciudad de Barbastro); La Venus de Donegal (2012), Libertarias, Madrid; La Utopía Reptante (2015), Verbum, Madrid; Kartápolis (2017) Amarante, Salamanca. La obra poética está formada por publicaciones en revistas especializada: Perito en Luna (España), Artquitrave (Colombia); Baquiana (Estados Unidos), Letralia (Venezuela), etc. Ha publicado varios poemarios: Protocolo del hastío (1996), Vitruvio, Madrid; El sentido del navegante (2001), Instituto de Estudios Modernistas, Valencia; La sal del tiempo (2006), Huerga & Fierro, Madrid; Los Tripulantes del Líricus (2014), Devenir, Madrid y La Estructura del Aire (2019), El desamparo del tabú en flor (2022)Verbum, Madrid, Espejo de monos alumbrados Vitruvio, Madrid, 2025. También ha sido incluido en varias antologías de narrativa y poesía.
Poema 1
DEL CLÁSICO PROXENETA
Cuando yo era proxeneta
y me veía
como un héroe
clásico
reflejado en espejos convexos,
era tan salvaje y feliz
como ignorante.
Así me consideraban
el dramaturgo
y mi fiel representante,
pero ante todo:
respetable y de gran
utilidad social.
(En Protocolo del hastío. Vitruvio, Madrid)
Poema 2
EL SEPELIO DEL DOMADOR DE COBRAS
El famélico domador de cobras
murió por un exceso de confianza
un día que se le atragantó un altramuz,
mientras tocaba el pungi en Jaipur.
Su serpiente favorita se conmovió
al percibir, como el flautista mayor del Marajá
de todo el Rajastán,
se ahogaba sin dejar de soplar el pungi.
Sara era su cobra predilecta,
la más veterana y su mejor danzarina,
y tal vez ella le correspondía con un afecto
de ofidia algo complejo de entender.
Solo así se explican, los jaipureños,
la súbita e imprevisible picadura de Sara.
La cobra predilecta del domador
se abalanzó sobre su cuello con tal premura,
que el flautista apenas sintió la incisión de sus colmillos y, en un santiamén, se precipitó sobre la cesta de mimbre, doblándose sobre sí y efectuando su último abdominal sin soltar el pungi y eludiendo caer sobre Sara.
Ahora, el cortejo fúnebre del domador de cobras encabezado por el Marajá de todo el Rajastán
y formado por la banda de música de Jaipur,
una docena de carrozas colmadas de cintas coloreadas, que rodean caléndulas, flores de loto y descollantes orquídeas, abandona las inmediaciones del palacio rumbo a una pira funeraria
erigida con maderas de sándalo y boñigas de vaca sagrada.
Los más destacados miembros de la casta
más miserable de todo el Rajastán
susurraban entre ellos con radical discreción,
que Sara no había sido la asesina,
y murmuraron tanto que el rumor se expandió elevándose como una flatulencia,
sobrevolando por todo Jaipur:
El domador de cobras había muerto asfixiado
…por un altramuz.
(En el desamparo del tabú en flor. Verbum, Madrid)
Por qué me considero poeta
Soy consciente de mi animalidad estética y procuro drenar las tensiones generadas por mis sentimientos de toda catadura.
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