Andrés Sánchez, 'Andrelo', musicoterapeuta, agitador cultural y acelerador de partículas culturales. Coordinador y trainer (TOY) de Proyectos Erasmus+, Técnico de Comunicación en la universidad europea EURECA-PRO/Universidad de León. Poeta, con proyectos que mezclan poesía comunitaria, astronomía, improvisación y humor. Integrante de varios proyectos de electrónica y hip hop. Director y creador del Festival VERSO de spoken word, en Segovia. Impulsor del Sindicato del Arte Leonés (S.A.L.).
Poema 1
EL BESO
En Viena, frente al Beso, de Klimt.
Al fin solo,
el beso dejó de ser lineal
para convertirse en cuántico.
Los flashes
se alejaron hacia otros cuadros.
Dejaron de capturar el beso de Klimt
para capturar otras cosas.
Porque muchas de las personas que van a ver el beso de Klimt,
no lo ven. Lo capturan.
No lo miran, lo cazan, y si es con ellos en la foto, mejor.
El beso es la presa.
Y da igual el beso,
sus matices,
sus diferentes dorados,
su emoción, su captura del largo silencio de dos labios bailando,
su cápsula del tiempo inmóvil.
Solo vale el hashtag,
lo instante, lo irremediablemente irrepetible.
Ya no nos damos besos de más de 5 segundos.
Y el amor lo nota.
Y la piel se nos evapora,
en vez de derretirse.
Poema 2
A TI NO TE IMPORTAN LAS BOMBAS HASTA QUE LAS SIENTES A DOS ESQUINAS DE TU CASA
La vi tarde.
No la vi llegar.
La vi
justo cuando entraba en el coche
tras meter toda la comida
y el agua
que habíamos sido capaces de encontrar.
No pude hacer nada.
Nada para evitarla.
La vi
ya silbando,
cayendo,
llegando,
acariciando el capó,
brillando
ante la mirada atenta
de mis dos niñas,
sentadas
en la parte de atrás del coche.
La vieron
sin darle apenas importancia.
Con sus deditos
señalando hacia arriba.
La vieron
pero solo gritaron:
"¡Mira esa estrella,
es la de los Reyes Magos!"
La vieron
y no huyeron
porque nunca se recuerda nada
cuando llega de sorpresa.
La vieron
y me vieron verla llegar
y mirarlas,
con todo el amor
que mis ojos podían lanzarlas,
entre lágrimas,
mientras ellas
miraban arriba
para despedirse también de mamá,
en el último suspiro
antes de que nos acariciaran.
La vió desde arriba.
Estaba saludándonos,
preocupada por su destino,
por nuestro destino.
Asomada al balcón
de ese hospital
repleto de piernas
y brazos
sin dueño.
Estaba saludándolas.
Estaba lanzándolas besos.
Pidiéndolas calma
aunque ellas,
tan pequeñas,
no comprendieran bien
ni de dónde venían
ni a dónde iban
ni por qué
ellas eran enemigas de nadie.
Y desde esa terraza
la vio llegar,
caer,
silbar,
brillar
y acariciarnos.
La vio llegar
pero nunca jamás
hubiera deseado en su vida
verla llegar de esta forma.
Y quiso mirar
dentro de la habitación,
por no mirar
el horror del afuera.
Apenas entraba luz desde la terraza.
Apenas pudo ver nada.
Porque sus ojos
ya habían visto tanto,
y tan demasiado,
que las pupilas
casi se cerraban
por no volver a visitar
el horror
de la rota rutina.
Y todo lo veía rojo.
Y todo edificio
era escombro.
Así que cuando la vio silbar
y la escuchó brillar,
supo que de nuevo
estaban los fuertes
regando su tierra
de lloros
y dolor.
Que de nuevo
iba a tener que levantarse de la cama
sin ayuda
de las extremidades que no tiene,
para buscar a la familia
que ya no le queda
y llorar a los hijos
que ahora son solo trozos
esparcidos
en lo que un día
fue su jardín.
Y apartó la mirada.
Y vio, horrorizado,
como incluso su propio dios
se avergonzaba
de este infierno.
Dicen que ella lo ve todo.
Que lo lleva viendo
y permitiendo
todo el tiempo.
Que sabe
que la rezan
para que pare esta barbarie,
pero que también la rezan
para que sigan acariciando las bombas.
Y sabe
que poco puede hacer,
porque el error
lo cometió ya en el séptimo día,
al permitirse el descanso
y darle el poder
a los que usan su nombre viejo
para lanzar luces desde el cielo
y aplastar personas.
Ella también la vio llegar
y supo
que poco podía hacer.
Y bajó la mirada
cuando él, dolorido,
desde la cama,
apartó la mirada,
cuando ella, desvanecida,
desde el balcón,
se dió la vuelta
para no mirar,
cuando ellas, sonrientes,
desde el coche,
la miraban
con la inocencia
de no saber
que mi mirada
estaba llena de amor,
sí,
pero también de rabia
hacia esos monstruos
que segundos después
nos acariciaron
con toneladas de bombas,
ante la mirada atenta del mundo
y su vergonzosa
falta de dignidad.
Dicen que si un rayo
cae sobre un árbol
que cae sobre un bosque,
no suena
si no hay nadie.
¿Suena un poema
al caer al suelo,
si nadie lo escucha?
¿Suena un grito sordo
si solo lo escuchan
necios?
Se conoce
que si una bomba
cae sobre el cráneo de un bebé
en un lugar olvidado,
como Gaza,
Yuba,
Kinshasa,
Bajmut
o Karabaj,
y su pequeño cuerpo
se deshace
junto a los cimientos
de lo que era su hogar,
y su sangre se mezcla
con lo que eran las venas
y la savia
de su madre,
de su hermano
o de su abuela,
ese crujir
no suena.
Nadie lo escucha.
Ni aún habiendo
millones de ojos
mirando.
Ciegos.
Porque a ti
no te importan las bombas,
salvo que las sientas
a dos esquinas
de tu casa.
Por qué me considero poeta
Porque soy capaz
de tocar el alma
con la profundidad
de una ballena.
Porque mis proyectos
no se basan
en estudios
de mercado,
ni los manejan
agentes
que controlan
el mapa poético
de este estado corrupto.
Porque cada proyecto que llevo a cabo
(Poesía automágica, Tiendeversos, Astroesía)
bebe de la gente que lo escucha,
y no de la madre que paga la edición de tu primer libro.
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