Sara Nieto (Madrid, 1974) vive en Leganés. Documentalista y periodista de formación, compagina su trabajo como bibliotecaria con la literatura. Es miembro del Grupo Reverso de Poesía, con el que publica el fanzine del miemo nombre. Forma parte de la II promoción del Máster de Poesía de la Escuela de Escritores. Ha publicado el libro de poesía “Babalaza” (Ed. Loto Azul, 2024) y el libro de microrrelatos “Paraguas de colores para días grises” (Ed. Saralejandría, 2018), además de numerosas antologías en colaboración. Es ganadora de distintos concursos de relato y poesía entre los que se cuentan el XXXVI Premio Voces Nuevas de la Editorial Torremozas (2023). Sus poemas han aparecido en revistas nacionales e internacionales, como la SFD de la Schule für Dichtung de Viena.
Poema 1
Punto de vuelta
De madre a hija hay una puntada ciega.
Al clavar la aguja en la tela por primera vez perforarás tu dedo
corazón
y de la herida brotará una pequeña amapola.
Duele.
Al sacar la aguja por el envés saldrá justo un punto por detrás,
a la altura de la abuela.
Y sabrás que cuando tu hija siga cosiendo este sudario rojo
interminable
ella comprenderá que en este taller de costura
de madre a hija
siempre hay una puntada ciega.
Poema 2
Permanezco
¿Y qué tal si les cuento yo de mí, para variar?
De mis décadas conteniendo vuestros sueños bajo mis abrazos de ladrillo y cemento,
vuestro absurdo tiempo efímero.
Yo asisto muda a vuestra cháchara continua. Yo sostengo vuestras risas, vuestros
suspiros y hedores.
Vuestros alientos fétidos por las mañanas y vuestros gemidos lastimeros por las noches
en busca del consuelo fugaz del sexo.
Yo albergo todos los secretos.
Soy un ángel material invisible a vuestros ojos con las alas de piedra extendidas sobre
vuestros cuerpos putrefactos.
Y no sabéis que apenas fui esbozo en el mundo de las ideas
plasmada en un trozo de papel,
trazada de líneas anhelantes de vida, deseé ser fecunda,
engendrar en mi seno una familia.
Traía conmigo el aroma de la belleza y de lo nuevo.
No sabía aún del dolor, no sabía del gozo desesperado, ni del trabajo nunca
recompensado de evitaros la lluvia del desamor o de los otoños,
los vendavales de furia, el frío, el calor.
Pero mi piel también se resiente con el tiempo.
Soy una vieja coja y desdentada ya con agujeros en la fachada,
cosida a pedradas e insultos.
Mi techo ya no aguanta el peso de las tormentas y el llanto cae como aguacero helado
en las habitaciones de los hijos.
Quiero que sepáis que recuerdo a los que ya se fueron.
Conservo el olor de las lágrimas, los lutos flotando en el aire del salón.
Las cortinas como mortajas.
Sé que pronto seré olvidada como un cascarón de barco a la deriva en un barrio
cualquiera de la periferia de una ciudad sin nombre.
Os marcharéis una noche sin despedidas.
Os escucho decirlo. Lo sé todo de vosotros, pero vosotros no sabéis nada de mí.
Quizás el perro que deambula en las ausencias sea el único que conoce cada crujido de
mis huesos, cada rincón donde yacen vuestros sueños abortados.
Sí. Os iréis.
Todos.
Uno a uno.
Pero yo no.
Yo permanezco para guardar vuestra memoria siquiera en los cristales rotos de las ventanas,
siquiera en la pintura manchada de las paredes o en las huellas imperceptibles de
vuestras pisadas.
Yo permanezco, desmoronada, sucia.
Me resistiré a caer hasta el último de mis muros.
Daré cobijo a las golondrinas bajo mis aleros descarnados.
Sentiré las ratas roer mis entrañas, los orines de los gatos callejeros pudriendo mis órganos de hierro.
Pero nunca os abandonaré.
Yo permanezco.
Por qué me considero poeta
Porque no sé escribir de otra forma
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