Soy curiosa, inconformista y de hacer preguntas. Escribo desde lo cotidiano, desde lo que me pasa y desde lo que nos pasa. Me interesa mirar de frente aquello que incomoda, poner palabras a lo que a veces cuesta decir y convertir la rabia, la ternura y las preguntas en poesía.
Poema 1
Mañana
mi padre cumpliría setenta y siete años.
Aunque en su DNI pone que nació el quince.
Mi abuelo tardó cuatro días
en ir al registro civil
y la burocracia decidió
que el Estado tenía más razón
que el cuerpo de mi abuela.
Pero nosotros sabíamos la verdad.
Sabíamos
que nació el once de mayo,
que respiró, lloró y abrió los ojos
cuatro días antes
de que un funcionario lo admitiera
en existencia.
Me gusta pensar
que durante ese tiempo
mi padre perteneció sólo a la casa.
Al ruido de los platos.
A una radio encendida en la cocina.
A las manos cansadas de mi abuela.
Al sueño ligero de la madrugada.
Todavía no era un número.
Todavía no cabía
en un archivo.
Mañana es su cumpleaños
y no sé qué hacer.
Pensé en ir al monte,
pero odiaba el monte.
Decía que caminar entre árboles
sin llegar a ningún sitio
era perder el tiempo.
A él le gustaban las calles.
Los bares de siempre.
Las aceras llenas de gente.
El ruido de los coches al anochecer.
El mundo cuando pasa abajo,
justo debajo de casa.
Y le gustaba estar en casa.
No quieto.
Nunca quieto del todo.
Siempre pensando en algo.
Haciendo sudokus.
Crucigramas.
Rompecabezas imposibles
que dejaba a medias sobre la mesa.
A veces programando el ordenador
como quien intenta enseñarle lógica
a una máquina terca.
La televisión encendida.
Un cajón abierto.
El café enfriándose lentamente
a su lado.
Tomaba muchísimo café.
Tanto
que ahora cada cafetera
parece tener memoria.
Y a veces, cuando empieza el ruido,
todavía espero escucharlo aparecer
por el pasillo,
arrastrando las zapatillas,
como si la muerte fuese apenas
otro retraso administrativo.
Qué extraño el duelo.
Una cree
que va a echar de menos
las grandes conversaciones,
los consejos importantes,
las despedidas.
Pero no.
Se termina llorando
porque nadie mueve las cosas de sitio,
porque el sofá conserva una forma
que el cuerpo ya no ocupa,
porque hay silencios
que aprenden a sentarse contigo.
Mañana quizá vaya a un bar.
Pediré café.
Uno detrás de otro.
Y en algún momento
miraré hacia la puerta
con esta costumbre absurda
de seguir esperándolo.
Porque hay personas
que no deberían morir nunca.
No por importantes.
No por extraordinarias.
Sino porque uno aprende el mundo
desde el sonido exacto de sus pasos,
desde su manera de toser en el pasillo,
desde la forma en que sostienen una taza.
Y cuando se van,
la casa sigue ahí,
la calle sigue ahí,
los bares abren igual que siempre,
pero algo queda mal colocado para siempre
dentro del mundo.
Poema 2
Duración estimada
Todas conocemos a alguien
que se toma una pastilla
para llegar al lunes.
Tenemos un blíster de codeína en el bolso
igual que quien lleva las llaves de casa.
Por si acaso.
Por si el dolor
puede esperar al viernes.
Por si con media pastilla
el cuerpo arranca.
Y en todas las casas
hay un cajón de medicamentos:
algo para la espalda,
algo para dormir,
algo para la ansiedad,
algo para seguir.
Nos tomamos las pastillas
como quien entra en boxes:
un sorbo de agua,
cambiar neumáticos
y volver a la pista.
Conozco madres
que guardan sus días de enfermedad
por si enferman sus hijos.
Ellas,
de momento,
van tirando.
Como si la fiebre
fuera algo que se administra.
Como si una pudiera decirle al cuerpo:
todavía no.
En las conversaciones de los adultos
ya casi nadie pregunta:
«¿Cómo estás?»
Preguntan:
«¿Crees que el lunes podrás ir?»
Porque estar mejor
ha empezado a significar otra cosa:
volver a madrugar,
volver a rendir,
volver a ser útil.
Hay quien entra en la consulta del médico
como quien lleva el coche al taller.
No para curarse.
Para saber
cuántos días más
puede seguir funcionando.
Y a veces pienso
que lo más terrible
no es habernos acostumbrado al dolor.
Lo más terrible
es que aprendimos
qué dolores podemos aplazar.
Por qué me considero poeta
Poeta. Qué palabra tan grande, mujer, qué palabra tan basta.
Me cuesta llamarme poeta. Pero escribo. Escribo porque necesito entender qué me pasa, ordenar lo que siento y darle un lugar a todo aquello que a veces me desborda.
Escribo para hacerme preguntas, para poner nombre a lo que duele, a lo que enfada, a lo que conmueve. Para mirar de frente lo que siento y, de alguna manera, poder atravesarlo.
Quizá me creo poeta por eso: porque escribir es mi manera de entenderme, de gestionar lo que siento y de no acostumbrarme a aquello que me remueve.
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