Mar Fernández Calvo (Gijón, 2002) es graduada en filosofía por la Universidad de Oviedo, Máster en estética contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente doctorada en esta misma universidad. Contempla aunar filosofía y poesía como parte de un mismo ser, siguiendo referentes zambranianos, de un modo más contemporáneo y performático, entendiendo la poesía como un ente vivo que habita el cuerpo.
En 2022 empezó a compartir sus versos en el Poetry Slam de Gijón y ahora los comparte en el Poetry Slam Madrid. Fue semifinalista del premio nacional LdeLírica en 2024, finalista de los premios Zenda en 2025 y ha obtenido el primer premio en la modalidad de poesía en el Certamen María Agustina en 2026.
En 2023 publicó su primer poemario, Versos de una mente enferma, y un año más tarde Rayada con espinas, esta vez fundido con el arte de la ilustración profesional.
Poema 1
“Todavía una orilla”
Digamos que hay una orilla
dentro de la boca.
Que nadie vuelve intacta
de nombrar lo que ama.
El cuerpo aprende tarde
su manera de quedarse:
una mesa sin mantel,
un vaso con sed,
la luz haciendo inventario
sobre las baldosas.
Yo no sé leer el humo
pero lo sigo.
A veces la casa respira
como un animal herido
y yo apoyo la frente
contra sus costillas.
No era miedo.
Era una forma extraña
de pedir permiso.
¿A quién se le perdona
la primera intemperie?
¿A qué madre se regresa
cuando ya no queda origen?
Hay una puerta
en mitad de la carne.
La cierro
y el mundo insiste.
La abro
y no entra nadie.
Solo este ruido blanco,
esta lluvia doméstica,
esta manera tuya
de no estar
ocupándolo todo.
Quise aprender el mapa
pero cambiaba de sitio
cada vez que me acercaba.
Quise tocar el centro
y encontré una frontera.
Ahora sé
que todo límite
guarda una respiración debajo.
Que el amor no absuelve.
Que el deseo no explica.
Que la memoria
también sabe mentir
con las manos limpias.
Por eso escribo despacio,
como quien atraviesa un cuarto oscuro
sin despertar a los muertos.
Por eso digo agua
cuando quiero decir herida.
Por eso digo cuerpo
cuando quiero decir
todavía.
Poema 2
“Síntesis en la piel”
(primer movimiento de la carne dialéctica)
El cuerpo,
primero fue carne quieta,
tesitura blanda sin discurso,
una tesis muda
con olor a leche seca y sueño.
Las manos eran manantiales sin dirección,
y el hambre no era aún pecado.
Después, vino la herida:
la antítesis.
La regla como cuchillo lento,
la boca que dice no quiero ser madre,
el deseo que no encuentra pronombre.
Me crecieron los pechos
como una profecía equivocada,
como si el cuerpo supiera algo
que yo aún no me animaba a pensar.
Fui dos cuerpos dentro del mío.
Una que obedecía la gramática de la forma,
otra que gritaba en silencio
bajo la piel.
Me negué.
No a la carne, sino a la historia
que me contaron sobre ella.
Negué la quietud,
la suavidad como destino,
el deber de ser receptáculo,
de ceder sin voz.
Hegel, con su voz de mármol,
hablaba de espíritu absoluto
y yo solo tenía un útero cansado
y unas piernas que aprendieron a cerrarse solas.
Negación, sí.
Pero no como concepto.
Como cicatriz que no cierra,
como noche donde el cuerpo
se convierte en enemigo.
Y sin embargo,
algo quedó.
Una síntesis.
No como reconciliación,
sino como otra forma de estar de pie.
Más torcida,
más verdad.
Como si el cuerpo,
al quebrarse,
hubiera encontrado su voz.
Síntesis es esto:
la lengua entre los dientes
diciendo mi placer es mío,
las manos explorando la espalda
como un mapa recién descubierto,
los muslos negando el mandato,
las costillas aprendiendo a expandirse
sin permiso.
No soy la tesis que esperaba mi madre.
No soy la antítesis que temía mi abuela.
Soy este cuerpo que se repite,
que a veces se niega otra vez,
que vuelve sobre sí,
como el tiempo dialéctico
pero con sangre y temblor.
El cuerpo,
este cuerpo,
no es cárcel ni templo.
Es proceso.
Es lucha.
Es memoria que se escribe sola,
cada noche,
cuando me toco
y digo mi nombre
en voz baja,
como si al fin lo creyera.
Por qué me considero poeta
Porque ¿qué decirle a la poesía, sino gracias por salvarme?
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